En junio de 2020, tras unos meses de pandemia, el curso escolar llegó a su fin con un golpe devastador en lo personal: la pérdida repentina de mi padre en la distancia. Es un dolor que, a día de hoy, continúa profundamente grabado en mi memoria.
En lo profesional, ese mismo verano se graduó la última promoción beneficiaria del antiguo cheque bebé —un grupo numeroso de tres líneas—, dejando tras de sí un aula vacía. Esa aula pasó a ser ocupada por la que hasta junio de 2026 ha albergado el aula de música.
Puedo afirmar sin rodeos —y respaldado por el criterio de otros docentes especialistas musicales— que nuestra aula de música era una de las mejores aulas de música del mundo entero... e incluso me atrevería a decir que de todo el universo. Hicieron falta varios años de esfuerzo e inversión para conseguir un espacio así; sin embargo, bastó solo una semana de julio para desmantelarla por completo.
Al analizar la historia de las grandes conquistas humanas, descubrimos que destruir los templos ajenos para levantar nuevos lugares de culto ha sido una triste constante. Resulta lamentable que, en el ámbito escolar, la música solo disponga de un espacio adecuado si sus profesores nos introducimos en los equipos directivos. Sería algo impensable en asignaturas como Educación Física: ¿alguien se imaginaría un colegio sin pistas idóneas para el deporte?
Durante el verano guardé la esperanza de que el aula de música de los últimos seis cursos se conservara; el proyecto de la nueva dirección hablaba incluso de un espacio pensado para cantar y bailar. Lamentablemente, mis peores presagios se confirmaron el 1 de septiembre. En ese instante, habría preferido cualquier otro golpe.
En la inercia del curso pasado, arranca este año escolar con profunda tristeza. Pero cuidado: “El hábito no hace al monje” y “las apariencias engañan”. Como bien se dice, “caras vemos, corazones no sabemos”, y “por la corteza no se conoce el árbol”. Que nadie se confunda con nuestra pena momentánea.
Seguiremos haciendo de la música nuestro caballo de batalla y de la educación musical para mi alumnado, un estilo de vida. A mi alumnado le explico a menudo que yo soy quien soy gracias a la música; he tenido la fortuna de convertirla en una herramienta sanadora y reparadora para el día a día. Y es que "canta el ave en la enramada y olvida su pena amarga”; es tan cierto que “riendo y cantando los males van pasando”, como que “quien canta sus males espanta y quien llora … sus penas aumenta”.
Si me he decidido a escribir estas líneas es porque “una pena compartida es pena dividida, mientras que la alegría compartida es alegría multiplicada”. Al fin y al cabo, “la risa es el mejor remedio y un corazón alegre hace siempre un buen rostro”.
Vídeo recopilatorio con algunos de los mejores momentos de estos seis años:

3 comentarios:
Un aula de música jamás ha sido solo cuatro paredes con instrumentos; un aula de música es el alma, la pasión y la vida que tú le has insuflado cada día. Y tú, y solo tú, querido Juanjo, has conseguido que la educación artística en nuestro centro no fuera una asignatura más, sino el auténtico corazón del colegio.
Tu amor infinito por la música lo inundó todo: el Carnaval, las habaneras, la Navidad, aquel inolvidable lipdub, Ubuntu, el baile de los maestros... Esas eran las citas marcadas en el calendario, pero la verdadera magia ocurría a diario: tú recorriendo los pasillos con tu guitarra al hombro, regalando sonrisas, notas y alegría a cada paso, haciendo que cualquier rincón respirara vida.
Por eso duele tanto. Porque el nuevo equipo directivo ha ido a golpearte donde más sabían que te dolía: arrebatándote tu espacio, atacando precisamente lo que más querías y a lo que tanto amor y entrega le has dedicado. Qué pronto se olvidan las palabras y qué amarga resulta la contradicción de "ellas", que en aquel claustro final se llenaron la boca prometiendo que no venían a destruir nada de lo construido por los equipos anteriores.
Sé perfectamente cuánto te ha dolido este zarpazo. Podrán quitarte un aula física, pero jamás podrán arrebatarte el inmenso legado de música, cariño y gratitud que has dejado grabado en cada rincón del centro y en el corazón de toda la comunidad educativa. No estás solo.
Desmontar un aula de Música es quitar oportunidades al alumnado.
El equipo directivo del CEIP Menéndez y Pelayo, ha desmontado el aula de Música, dejando a las niñas y los niños sin un espacio adecuado para su educación musical y al docente Juan José Flores, «Tatarachín», sin las condiciones necesarias para desarrollar su trabajo. Una decisión así exige explicaciones y una solución inmediata. ¿Qué criterio pedagógico la justifica? ¿Qué alternativa garantiza que el alumnado pueda seguir aprendiendo música en condiciones dignas?
La Música necesita espacio, instrumentos y recursos. Cantar, tocar, escuchar, crear y trabajar en grupo forman parte de una educación integral. Tratar sus necesidades como algo prescindible perjudica directamente al alumnado y menosprecia la labor docente. ¿Qué información han recibido las familias? ¿Se ha escuchado su voz? Padres, Madres y el resto de la comunidad educativa pedid explicaciones y reclamad la recuperación de un aula de Música debidamente equipada. La Administración educativa debe atender esta situación y garantizar unas condiciones adecuadas.
La escuela pública debe ampliar oportunidades. Cada espacio educativo que se pierde merece una respuesta.
Por una educación musical digna para todo el alumnado.
Hola Juanjo, estoy leyendo y no doy crédito.
Ese aula es el reflejo de un trabajo de un proyecto musical y artístico de AÑOS.
Aún así, quitar ese espacio no significa anularte. Tú eres mucho más que un aula y todo lo que hay en ella.
Eres un maestro de música creativo, trabajador, cercano y un gran referente para docentes de educación musical.
La pérdida de este recurso va directa a la línea de flotación de la calidad educativa del alumnado del colegio.
Un Equipo Directivo debe detectar con precisión cuales son las debilidades de su centro, para poder establecer medidas que la subsanen, así como sus fortalezas, que deben cuidar y sostener para que ellas mismas impregnen a esas debilidades como oportunidad de mejora.
No parece un buen comienzo para la convivencia del centro (alumnado, profesorado y familia) cercenar estos trabajos y recursos de su propio centro.
No descarto que tengan sus argumentos y sus razones, pero claramente deberían sopesarla no desde la convicción de una idea, sino desde los beneficios para toda la comunidad.
Un gran abrazo compañero
Publicar un comentario